El CERCENAMIENTO COMO
METÁFORA. APUNTES A LA NOVELA LA RISA DEL
CUERVO.
1.
Breve
réquiem como preludio a un contexto nacional.
Lo ha degollado, su cabeza
me mira con ojos que nadie
puede cerrar, ojos amados
de mi patria verde y desnuda.
Pablo Neruda. Canto general
Primero fue el cercenamiento a los hijos de
la Pacha Mama[1].
Entonces la tierra lloró. Después, la raza africana bautizaría con su sangre el
canto y el tambor. En las plazas públicas florecieron sin pétalos los cuerpos
de la muerte. Desojadas las cabezas eran expuestas para ejemplarizar. Así aprenderán, se repetían. Años después un
grupo de hombres juega fútbol con cabezas humanas al compás de motosierras que
entonan su sinfonía del horror[2] y
en otro lugar una mujer exhibe su collar bomba[3] recién
adquirido, Made in Colombia, talento nacional. Unos pasos en esta calle
resuenan. La mano recién arrancada de un hombre es la razón de un transitar.[4] Ya
no importa si la niebla es real o no, él va a cobrar su recompensa. Tan sólo le
darán la mitad del dinero, le dicen. Business is business, contesta. Un
continente había sido desmembrado muchos años antes de que la peste del olvido
azotara Macondo. Entonces se oyó decir que América es ingobernable[5]. Se
repartió el botín: nos prometieron la tierra de la universidad, pero nos han
dejado tan solo el cuartel y el
convento. I took Panama, destino manifiesto. Recibí
un país y ahora les entrego dos[6]. Cinísmo puro. Hasta el mar se ha ido a la tierra de los
lagos y los volcanes. Aunque las
fronteras de la tierra no existen más que como invención humana, hay en sus
límites una configuración de nuestras realidades. Nuestra realidad, así como
nuestra historia y nuestra geografía, es el relato de un continuo cercenamiento.
La poesía dará cuenta de ello.
2.
La
risa del cuervo. Estructura y argumento.
Álvaro Miranda nació en Santa Marta en 1945 y
a la fecha ha publicado varias obras de poesía, novelas históricas e
investigaciones sobre el arte y la literatura colombiana. Dentro de sus obras la
novela La risa del cuervo (1984) ocupa un lugar especial en lo que se ha
denominado “la nueva novela histórica”. Dividida en diecinueve fragmentos, que
por razones prácticas llamaremos de aquí en adelante capítulos, aunque no
pertenezcan a lo que tradicionalmente conocemos con esta palabra, La risa del cuervo corresponde con dos
acontecimientos históricos: el comienzo del viaje de Alejandro von Humboldt por
Suramérica y algunos episodios de la independencia de las colonias americanas
de España. A medida que se avanza en el texto cuatro historias van apareciendo sin
un orden establecido. La primera de ellas es la historia del general José Félix
Ribas, quien corresponde en la historiografía con un militar venezolano prócer
de la independencia que fue capturado y desmembrado por los ejércitos realistas.
En la novela el relato inicia con este personaje quien tras haber sido decapitando
aparece deambulando, con la cabeza bajo su brazo, por un pastizal de los llanos
de lo que hoy conocemos como Venezuela. De allí en adelante, en nueve de los
diecinueve capítulos que tiene la novela (1, 3, 4, 7, 10, 11, 13, 16 y 18) se
narra las particulares circunstancias en la que se ve envuelta la cabeza de
Ribas al ser víctima de vejaciones, bien por parte de la naturaleza o por parte
de los ejércitos españoles. Estos últimos suelen ser los más crueles pues
incluyen dentro de su proceder el prepararla en aceite para que Bolívar la coma,
el depositarla en la punta de una lanza durante días y exponerla en una plaza
pública para escarnio de los independentistas. La cabeza de Ribas nunca dejará
de desear la muerte que no quiere llegar y su cuerpo, que desde el primer capítulo
toma otro rumbo, es devorado en parte por jaurías de animales hambrientos.La tercera historia es la de Manuela Sáenz, quien aparece en cuatro de los diecinueve capítulos (6, 9, 12, y 17). En el relato Manuela, al igual que el general Ribas, está muerta, pero ella yace bajo tierra junto con otros cuerpos inertes. A pesar de su estado de descomposición, cada vez más intenso, la patriota recuerda y tiene sentimientos que incluyen la memoria de sus amantes, los deseos lujuriosos y las manifestaciones de maternidad como la que tiene lugar con un grupo de cangrejos que llegan a desovar en su osamenta.
Finalmente el
cuarto relato es el de David Curtis DeForest, agente secreto quien habiéndose
retirado después de varios años de labores, se dedica a la cría de cuervos en
un pequeño pueblo. Tras el crecimiento abrupto de la cantidad de aves y ante la
protesta del pueblo y el abandono de su familia, DeForest se queda conviviendo
con ellos hasta ser “un cuervo más”. Es precisamente DeForest, como ya se ha
mencionado, quien le regala un cuervo a Humboldt y le hace entrega del misterioso libro forrado
en piel de carnero. Los capítulos donde aparece DeForest son cuatro (6, 9, 12 y 17) y todo indica (especialmente
el que sea agente secreto de origen argentino) que se halla en un tiempo y
espacio distante al de los demás personajes.
La narración de la
novela, desarrollada en tercera persona con breves intervenciones en primera
persona, da cierta veracidad a las situaciones, por más absurdas que parezcan.
En ella los personajes nunca se muestran sorprendidos por los diálogos de la
cabeza parlante, ni por los saltos temporales de los personajes. Por el
contrario, recordando la serena indiferencia con que la familia Samsa asume la
extraña condición de Gregorio, los hechos que se presentan desde el primer
momento en que aparece Ribas portando su cabeza bajo el brazo son asumidos con
la naturalidad de lo cotidiano. En palabras un escritor y crítico colombiano: “es
como si Miranda hubiese aprendido, además, la lección del expresionismo alemán,
que obliga, desde la primera frase de la Metamorfosis
(1915) de Franz Kafka, a aceptar
que un hombre se ha despertado una mañana cualquiera convertido en un insecto” (Montoya,
p. 101). En la novela todo lo extraño es
cotidiano, verosímil y posible.
Para complementar
este breve comentario por los aspectos estructurales de la novela, es de
resaltar que hasta la fecha la obra ha tenido tres ediciones. La primera con
Thomas de Quincey Editores (1992), la segunda con la Editorial Norma (2000) y la
tercera con El faro del tiempo (2006). Además la crítica, en general, la ha acogido
en buenos términos, como lo prueba el comentario que Montoya (p. 95) ha hecho
en su ensayo sobre la novela histórica en Colombia: “de las novelas históricas
publicadas en Colombia, La risa del
Cuervo (1992), de Álvaro Miranda, es la más inquietante. Su razón de ser está
penetrada de pura invención, de loca y vertiginosa ficción”.
3. El
cercenamiento como metáfora. La risa del cuervo y su ¡nunca más!
Ahora bien, el
resultado de esta novela no deja de ser “inquietante” como lo menciona el
crítico Pablo Montoya. Precisamente hoy
en día, donde grupos al margen de la ley e incluso aquellos que son una
extensión “invisible” del estado tienen como una de sus prácticas predilectas
fomentar el miedo y la violencia contra seres y poblaciones enteras a través de
las mutilaciones bien sea desde minas “quiebrapatas” hasta cercenamientos
hechos con motosierras u otros instrumentos, este relato parece estar hablándonos
de algo que nos pertenece.
En primer lugar la
muerte tanto del general Ribas como de Manuelita no quiere llegar. Los suyos
son cuerpos que propenden por la descomposición natural de todo cuerpo que ha
dejado sus funciones vitales, pero en ellos pervive la conciencia de la
existencia, los recuerdos de antiguos amores, las pasiones que los impulsaron y
los sueños y anhelos que los anidan (de todos ellos, tal vez el más presente,
sea el de la muerte) Esta podría ser una metáfora de aquellas víctimas de estos
medios de tortura mencionados, cuyas vidas no encuentran la muerte pues ni
siquiera hay prueba de su deseso. En Colombia
se han encontrado más de tres mil cadáveres en más de dos mil fosas
comunes. Muchos de estos cuerpos no ha posible reconocerlos y casi que cada
familia colombiana tiene alguna historia que contar sobre desaparecidos que
hacían parte de su círculo familiar o de amigos cercanos a la familia.
En segundo lugar,
como bien lo ha observado Pablo Montoya en su libro ya mencionado, muchas de
las “novelas históricas” que incluyen personajes que han contribuido a la
construcción del país tal como lo conocemos hoy, desde próceres de la conquista
o de la independencia, sugieren figuras incólumes, llenas de gracia y valentía,
o humanidades prosternadas ante una labor titánica que supieron hacer embates a
muchas batallas y permanecer con un aire de altivez propios de una raza (¿de un
género?) o de su carácter. Miranda propone en su libro una mirada
desacralizadora de nuestra historia. La
risa del cuerpo parece hacer de la literatura un ejercicio para repensar la
historia y sus personajes, así como para humanizar aquellas figuras que hacen
parte de pedestales de nuestra historia nacional. Dialogar con ellas, hacer de
estas unos personajes esperpénticos como la historia misma lo es, es un ejercicio
de salud literaria, histórica y social. Miranda lo tiene claro y así lo deja
plasmado en esta obra, La risa del cuervo,
que nos recuerda a través de sus páginas, el famoso (¿y necesario?) graznido
del cuervo de Allan Poe: ¡nunca más!
Ricardo Contreras.
[1] Se estima que
millones de indígenas murieron con la llegada de los españoles a América.
Muchos pueblos, sus con sus respectivas lenguas y culturas se han perdido.
[2] En el
municipio de El Salado, en el año 1999 fueron asesinadas 66 personas, entre
hombres mujeres y niños. Los verdugos jugaban al fútbol con la cabeza de sus
víctimas.
[3] En el año 2000
a Elvia Cortez, una campesina colombiana, se le instala un collar bomba en su
cuello y se le exige un dinero para ser desactivado. El collar denotó.
[4] En el 2008 un guerrillero asesinó al cabecilla de las Farc 'Iván
Ríos', y llevó su mano como prueba para reclamar una recompensa ofrecida por el
gobierno nacional.
[5] Palabras de Simón Bolívar “La América es
ingobernable; los que han servido a la revolución han arado en el mar. La única
cosa que se puede hacer en América es emigrar. Estos países caerán
infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a las de
tiranuelos imperceptibles, de todos colores y razas, devorados por todos los
crímenes y extinguidos por la ferocidad. Si fuera posible que una parte del
mundo volviera al caos primitivo, ese sería el último período de la América.”
[6] Cuando el presidente colombiano,
José María Marroquín, al fin hizo frente a los improperios recibidos por
dejarse arrebatar tan mansamente Panamá, lo único que se le ocurrió decir fue:
“De qué se quejan los colombianos, si recibí un país y ahora les entrego dos”