Para esta cuarta entrega de textos que nos
devuelven una mirada sobre la Medellín de hoy, nos acompaña la escritora Janeth
Posada, quien, a través de sus palabras y de una imagen sugestiva, nos entrega su
visión de la ciudad que habitamos.
Una estirpe de fantasmas se levanta sobre la
ribera del río. Medellín, como el famoso dibujo de Hill, puede ser una bella o
una bruja. Todo depende de hacia dónde se dirija la mirada. Basta alargar la
vista sobre el río, hacia el sur, para dejar atrás la escena oscura y casi
encandilarse con tantas y tan coloridas luces.
Somos un niño pelirrojo que toma cada mañana
el bus integrado de la estación La Aurora hacia San Cristóbal y se enfrenta con
su sonrisa y con fútbol a su futuro, y, a la misma hora, junto a la glorieta de
la 33, somos un muchacho que se lleva la cartera de alguien que va camino a su
trabajo.
Somos arte en la plazoleta de las esculturas
y supervivencia salvaje, unos metros más allá, bajo el viaducto del metro sobre
la carrera Bolívar. Somos la sirena eterna de una ambulancia que recoge los
sueños hechos polvo de los destrozados de turno y el amor que se agita en los
rincones de las casas de esta enredadera de ladrillo.
Somos gente buena, a veces, gente mala, a
veces, y gente indiferente casi todo el tiempo, que, a salvo en su hogar,
prefiere olvidar a los flacos habitantes del río y taparse los oídos para no
escuchar cómo afuera la bruja y la bella combaten a muerte.
Janeth Posada
Janeth
Posada:Medellín, 1979. Ingeniera administradora de la
Universidad Nacional. En la actualidad trabaja en la Revista Universidad de
Antioquia. Ha publicado El rastro de los días (poemas, 2008) y Cuando
una mujer está triste (Beca de creación en cuento de la Alcaldía de
Medellín, 2009). Pertenece al taller de escritura creativa de la Universidad de
Antioquia.
Continuando con la búsqueda de las
palabras que nos devuelvan una imagen o un gesto de la Medellín que habitamos
hoy, presento a continuación al poeta panameño Javier Alvarado, quien habiendo sido
invitado en el 2012 al 22° Festival Internacional de Poesía de Medellín, escribió
el poema “Música con granadillas” (inédito) de la impresión que le causó su
visita a la ciudad de la eterna primavera. Nuevamente mi agradecimiento a
Javier Alvarado y a los demás poetas que han participado en el neblinoso trazo
de las sombras y sus rostros que por costumbre llamamos Medellín.
MÚSICA
CON GRANADILLAS
Soy un dios en mi pueblo y mi
valle
no porque me adoren sino porque
yo lo hago,
porque me inclino ante quien me
regala
unas granadillas o una sonrisa de
su heredad
Raúl
Gómez Jattin
Para J.B.
Porque
he llegado a Medellín con el deseo de comer unas granadillas,
De
conocer sus gentes y hurgar la luz templada en hojarasca
Porque
he tratado de levantarme tarde y no he logrado resucitar al sueño
Porque
su sol enrojece, acude a mi señal
Como
si habitara otros naufragios, otras esperas
Niños
que habitan las pirámides de las avenidas, una constelación
Que
sube a mi ventana en donde se diseminan todos los colores
Registrados
en tus ojos.
Porque
te conocí postergando la distancia,
Porque
no quieres ir a mi cercano país
En
donde las playas te reciben con su misterio indeclinable,
En
donde las olas te persiguen con su alfabeto de fuego enronquecido
Como
si fueras una princesa constante en una habitación contigua a la mía,
En
este hotel donde se señalan fechas, encuentros, infortunios,
Citas,
discusiones, secretos labrados, caer de telas, sueños ahogados,
Respiraciones
convulsas, gestos a las sábanas, musitaciones contra la pared,
Cuerpos
dispersos;
Porque
tienes el cielo en la escritura de tus manos,
Las
colinas de Antioquia, los valles del Sinú, los senderos de la Guajira, y
multitudes
de casas
Subiendo
tu espalda de niña, repitiendo la misma frase en los contactos visuales,
En
las tablas de salvación donde escribo tu nombre
Y
aprendo a beber el Tequendama de tu pecho
Esperando
una vez más que los granadillos revienten en flores,
Que
exploten en esferas naranjas para entrar en la partitura inmediata de su pulpa,
En
su carne de ángeles ardiendo, en su semen frutal
Donde
pululan peces negros que se debaten en aquella placenta luminosa como semillas.
Me
iré de Medellín e iré envejeciendo con mis poemas a cuestas
Con
alguna vida escrita y algunas faenas de cansancio.
Siempre
habitarás en mi poesía como una adolescente perpetua
Mientras
acaricio las granadillas, como si mis manos tuvieran sed,
Como
si mis manos liberaran la música del hambre.
JAVIER
ALVARADO: Nació en Santiago de Veraguas en 1982. Licenciado
en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Panamá. Obtuvo el Premio
Nacional de Poesía Joven de Panamá Gustavo Batista Cedeño en los años 2000,
2004 y 2007, el Premio de Poesía Pablo Neruda en 2004 y el Premio de Poesía
Stella Sierra en 2007. Primer Premio de los X Juegos Florales Belice y Panamá,
León Nicaragua con Ojos Parlantes para estaciones de ceguera.
Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán 2011 en poesía con el libro Balada
sin ovejas para un pastor de huesos. Premio Internacional de Poesía Rubén
Darío por su libro El mar que me habita. Obra Publicada: Tiempos
de Vida y Muerte, 2001; Caminos Errabundos y otras Ciudades,
2002; Poemas para caminar bajo un paraguas, 2003; Aquí,
todo tu cuerpo escrito, 2005; Por ti no pasa nunca el Tiempo (y
otros poemas al espejo), 2005; No me cubre de edad la Primavera,
2008; Soy mi desconocido, 2008.
Continuando con la
selección de poemas que pretenden dar una mirada de la Medellín de nuestros
días, presento ahora el poema Soy
el mejor poeta de Medellín (inédito) del poeta manizalita Felipe
López. Este es el segundo poema de la serie.
SOY EL MEJOR POETA DE MEDELLÍN
Soy el mejor poeta de Medellín, porque
metí bazuco con niñas burguesas en el Periodista. Porque me esnifé las cebras
del Centro en un mal poema Nadaísta. Porque tengo pantalones de terlenca y
tengo un mostacho lleno de ladillas. Porque me leí a Baudelaire cuando tenía 7
años, y le di plata a Modigliani para que se follara a una doncella en la
Veracruz. Porque soy una chucha de biblioteca fumando marihuana con Marx.
Porque la vanguardia esta pasada de moda ante mis versos. Porque no necesito
estar en el Carlos Vieco para que mil mujeres se desmayen. Porque soy el bufón
de los poetastros. Porque todo el mundo me gasta Antioqueño, y tengo grupies en
el PP que me adoran y me invitan a comer empanadas envigadeñas con el conejo de
Donnie Darko. Porque “una vez mi hermana se cayó de la cama”. Porque salí en el
Colombiano hablando de hechicería. Porque tengo un grupo de poesía llamado
testosterona y mi alias es el “visajoso” Soy el mejor poeta de Medellín porque
me gané un concurso en cleptomanía en erario público. Porque soy un
neo-culebrero vendiendo ollas a presión digitales. Soy el mejor poeta de
Medellín porque el Alzheimer lee conmigo en la Playa. Porque hago clown-poetry
todos los jueves a las 8:00 pm en el espejo de un filólogo. Porque fui al
psiquiátrico de Bello para hablar con mi heterónimo Showman el Zambombo. Porque
soy amigo de los hipsters de Ciudad del Río y les recito poesía de Bosnia
Herzegovina y dicen que soy el poeta más vintage de puta madre. Porque voy al
Carlos E. Restrepo a leer poesía metafísica y los muchachos me dice: “hola
poeta, a cómo la bareta de poesía mochilera” En tiempos de penuria voy a los
recitales de embolador, pero los poetas son lo más pobre del mundo. El ingreso
Per cápita de un poeta alegraría cualquier país tercermundista. Por eso, no se
enamore de ningún poeta, enamórese de mí que yo soy el mejor poeta de Medellín; dicharachero, jugador del monopolio surrealista. Soy millonario, traficante de
Máquinas de escribir Smith, y hasta me gané una vez el chance, y su premio fue
un chamán de Santa Rosa de Osos que duerme bajo mi cama y me dicta poemas en polaco y arameo. No importa, soy una falsedad con sabor a oblea, mi boca
es de oro y mis mejores metáforas están ocultas en un banco de Suiza. A mi me
aman los fotógrafos freelance, misterlance, egolance, y me desnudo en el
parque Malibú, en un performance donde los dioses son menos que yo cuando me
declaro el caballo de Calígula. Nenas vengan ante el mejor poeta de Medellín
que mis besos son de dientes de sable, un diablo vestido de Cotton Usa.
Deslumbrante ante este ser, que te puede hablar por horas del Tractatus
logico-philosophicus o de mis vídeos virales en Youtube. Y te puedo leer el
Mahabharata en Santa Elena, o comer chontaduro en el parque Berrío…
FELIPE LÓPEZ:
Nació en Manizales en 1985. Estudiante de Psicología de la Institución
Universitaria de Envigado. Presidente de la Corporación Cultural Sísifo de
Envigado, dedicada a la promoción cultural, a través de tertulias, recitales
poéticos y concursos de poesía. incluido en las antologías poética Ex-libris (2009) y El vacío como
llenura (2010). Ganador del concurso Los Sueños de Luciano Pulgar (Poesía
2010) y del II Premio de Poesía Joven del Festival Internacional de
Poesía de Medellín (2013). .
Este año se cumplieron veinte años de la
primera edición en Colombia del libro “Obra Negra” de Gonzalo Arango y el
próximo año se cumplirán cuarenta años desde que fuera publicado por primera
vez en Buenos Aires. Dentro de este libro, el poema “Medellín a solas contigo”
constituye una lectura de la ciudad de aquella época. Para Gonzalo Arango, en
el poema, Medellín es “ ¡[la] ciudad que amo, en la que he sufrido, en la que
tanto muero!”, también es la ciudad “sola y pura con tu gloria inhumana. Avara
con tu majestuosa belleza. No te das
porque a todos has matado, Medellín asesina, Medellín corazón de oro y de pan
amargo”. Esta ciudad que habitara el poeta, en sus palabras, era “incapaz de
producir un líder espiritual, ni siquiera un mártir. Porque antes de que el
Iluminado diga su mensaje de salvación, ya tú le has ofrecido un puestecito en
el Banco Comercial Antioqueño, y lo conquistas para heredero de tus
tradiciones, socio de la Venerable Congragación de los Fabulosos Ingresos Per
Cápita, y Caballero del Santo Sepulcro”. En sus calles recuerda haber besado “el rostro
amargo del fracaso” y la existencia de
un lugar donde la belleza y el dolor conviven con tanta sutil rudeza le arranca
al poeta el verso “Oh, alma mía, qué amarga es la belleza!
Ahora, a casi cuarenta años de haberse
publicado por primera vez este poema, ¿qué pueden decir los escritores y poetas sobre la Medellín de hoy?, ¿cuánto ha cambiado la ciudad, cuánto se conserva? He convocado a
una serie de amigos poetas y escritores a compartir la Medellín que ellos
transitan o que transitaron para hacer un balance de este lugar. Iré
publicando, poco a poco, cada uno de los textos que pretender ser el hilo de un
mismo tejido que nos devuelva el rostro huidizo de esta ciudad. A continuación
presento el primer texto, un poema que generosamente la poeta María Clemencia Sánchez
ha deseado compartir con todos nosotros. A ella, y a todos los escritores, nuevamente,
mi profundo agradecimiento.
HEIMAT
Será la inocencia precoz
del día en el viento tu nombre,
dulce nombre,
haz la casa de mi infancia
de la luz
de la espera
del agua más profunda.
Haz el camino del bosque
y el ave que devora
mi estela de trigo devorado.
Serás la diáspora inequívoca
de todos los nombres
de la intemperie, nombre,
haz mi llegada en la noche
y mi partida hacia el día,
haz la lluvia
haz el agua recién nacida
en la estación impune
del sueño.
Sé mi casa Lisboa,
mi manto de tisú,
mi intemperie vencida.
Sé mi arrullo,
mi estancia mi estar.
Sé mi patria pequeña
Medellín,
antes de la consumación
de la belleza imposible,
mi palabra extraviada,
el sol.
Tomado de: Paraíso precario (2010)
MARÍA
CLEMENCIA SÁNCHEZ (Itagüí, 1970) es poeta, ensayista y
traductora, licenciada en Idiomas de la Universidad de Antioquia y doctora en
literatura hispanoamericana de la Universidad de Cincinnati. Ha traducido al
español poetas africanos, ingleses y franceses para el Festival Internacional
de Poesía de Medellín. Ha publicado los libros de poesía “El velorio de la
amanuense” (Premio Colombo-Cubano de Poesía, 1999), “Antes de la consumación”
(2008), “Paraíso precario” (2010) y “Recolección en rojo” (2011). Hace parte de
las antologías de poesía “José Celestino Mutis: una expedición” (Tricentenario
de Mutis, Revista Atlántica, 2008), “Muestra de poesía joven colombiana” (Revista
Posdata, 2009), “Colección Nueva Poesía Colombiana” (Revista Círculo de Poesía,
2010), “La poesía cuenta la historia” (Bicentenario de Colombia, 2010) y
“Posdata de poesía colombiana: antología de los 70 y 80” (2011).
A propósito de un par días que pasé en la capital colombiana, la misma que Carlos Perozzo llamara la "Apenas suramericana", en clara burla al calificativo que Marcelino Menéndez Pelayo hiciera sobre esta ciudad llamándola la "Atenas suramericana", reproduzco este texto donde el escritor cucuteño reflexiona sobre Bogotá y la noche. Espero lo disfruten:
NOCTURNO BOGOTANO
El amor y la soledad que esta ciudad nuestra
ofrece a través de sus intrincadas noches, resumen la vastedad desolada que los
habitantes de esta meseta aprendieron a habitar junto a los secretos tomentosos
de sus mudos testimonios, reflejados en el breve carácter de sus gestos.
Por la noche suceden una multitud de cosas,
sobre las que los espíritus robustos duermen y no saben. La alquimia romántica
comienza a hablarle a los hombres cuando las sombras que proceden a la noche se
alargan sobre las calles, cuando los menguados jardines del día se llenan de
misterio, cuando los nichos de la música secreta que generan los grillos
adquiere la dimensión de una parábola sonora.
De pronto la oscuridad. La arremetida de la
noche se abre paso entre el rumor del ancestral miedo y la desdicha callejera.
Como la pesadilla de aquellos que nos precedieron, cuando la oscuridad se
acercaba, hasta que por fin hallaron un nombre para poder domesticarla: y la
llamaron noche. Después la estimaron, la amaron, la violaron en las
encrucijadas con luz de luna.
Así como entonces, ahora cuando se detiene el
resplandor que tanto amaron los cartesianos, cuando brota la noche como un
animal acostumbrado a esa metamorfosis, empieza la sinfonía coral, el embrujo
soberano de las magnitudes siderales entre la ciudad y la noche. Ninguna ciudad
es del todo completa y real, hasta que no erija su contraparte nocturna, hasta
que no se revele en la magnitud solitaria que ofrece la boca del lobo. Bogotá
no es la excepción.
“Noche de ronda, cómo me hiere”, dice aquella
voz colgada de un cigarrillo y acompañada de un trepidar de teclas de piano en
la penumbra de un bar solitario. Su nombre Lara. Su apellido Agustín.
¿Qué sabe esta ciudad de la noche? ¿Qué, la
noche de la ciudad? Toda la fantasmagoría nocturna de las ciudades tiende a
confundirse del mismo modo en que desaparece el contraste de la luz y de la
sombra. Por eso, el imaginario social que se despliega en los íntimos espacios
sentimentales de las noches urbanas, tiene en la melancolía ese resultado en
cuya epidermis late un profundo abatimiento, acaso del alma, dentro de las
circunstancias interiores que le son propicias, una vertiente restauradora del
sentimiento. El bolero y el tango, sus eternos camaradas, por ejemplo,
representan a la vez dos instancias musicales que descubren los secretos
tormentosos de una nocturnidad ceñida a la melancolía. Ambos géneros son
producto de la alquimia de la nocturnidad de la ciudad, una curiosa dialéctica
que enlaza, como vasos comunicantes, aspectos constitutivos del saber y el
padecer urbanos.
Cuando la ciudad arroja los últimos vestigios
del día y se entrega como una amante furtiva y desesperada a la noche, comienza
un vínculo imposible de separar. El mejor ciudadano es el peor de los
noctámbulos. El ciudadano de la noche nunca va solo. Va acompañado de su sombra
aterciopelada, la que ilumina la triunfal aparición de la demiurgia
inconsciente, hasta alcanzar un estado de plenitud y un éxtasis incontrolable
que desborda los sentidos.
Si la ciudad diurna es una prefiguración del
infierno por lo que ésta tiene de violencia, la ciudad noche es una metáfora
encendida, una versión alucinante de los reflejos del fuego, una especie de
fondo movible que arde en el sexo de aquellos seres consumidos por el humo de
las hogueras, que celebran el amor y el pecado, y se sumergen en las aguas
provenientes del Leteo, para consagrarse a la bacanal que propicia el olvido de
la muerte.
Caminar hacia la noche de la ciudad es
penetrar el paisaje de un carnaval sin decretos, acudir a una cita que no tiene
retorno, dejarse tragar por las indomables imágenes del delirio. Ese universo
que en ocasiones se torna inmaterial, intangible, donde las apariencias
esconden la irrealidad que vive tras el extraño vínculo del aire y de la
angustia, camina sobre el inexorable paso del tiempo, bajo el paraguas de la
lluvia de las sombras venidas de las selvas del onírico Orinoco, donde se
extiende un cielo que se derrama sobre las altas copas de las cantinas y los
bares donde se juega la última instancia de un comercio ilícito con las
reverberaciones del ensueño. Por esas sombras de la ciudad perdida, ella misma
se busca a través del movimiento
descendente que siguen a un tiempo la intuición del artista y las potencias
biológicas de la vegetación.
Si la ciudad de día es una recurrente
metáfora del infierno, la ciudad de la noche es unánime, como la llama el infatigable
Borges, resume la vastedad desolada de los hombres y mujeres que
aprendieron a vivir en los intersticios
fugaces que deparan los cataclismos de lo nocturno.
Esta ciudad nuestra, la ciudad de este lado
de la cresta del sol, tuvo en los momentos esplendorosos de su fundación
urbana, un singular vínculo con la noche y un contrato a perpetuidad. La noción
de nocturnidad alcanzó durante mucho tiempo una relevante cualidad, las
transformaciones urbanas y arquitectónicas y los desplazamientos visuales que
con tanta rapidez se produjeron, crearon las bases de una sentimentalidad que tenía su inmediata correlación con el espíritu
de renovación urbanística; vale decir, el amor, la fiesta, las orgías de la
confusión, el carnaval romántico; y fundaron el lado erótico de la dama oscura,
instalándose para siempre en un lugar
secreto que la ciudad arrulla y la memoria ama en silencio.
El CERCENAMIENTO COMO
METÁFORA. APUNTES A LA NOVELA LA RISA DEL
CUERVO.
1.Breve
réquiem como preludio a un contexto nacional.
Lo ha degollado, su cabeza
me mira con ojos que nadie
puede cerrar, ojos amados
de mi patria verde y desnuda.
Pablo Neruda. Canto general
Primero fue el cercenamiento a los hijos de
la Pacha Mama[1].
Entonces la tierra lloró. Después, la raza africana bautizaría con su sangre el
canto y el tambor. En las plazas públicas florecieron sin pétalos los cuerpos
de la muerte. Desojadas las cabezas eran expuestas para ejemplarizar. Así aprenderán, se repetían. Años después un
grupo de hombres juega fútbol con cabezas humanas al compás de motosierras que
entonan su sinfonía del horror[2] y
en otro lugar una mujer exhibe su collar bomba[3] recién
adquirido, Made in Colombia, talento nacional. Unos pasos en esta calle
resuenan. La mano recién arrancada de un hombre es la razón de un transitar.[4] Ya
no importa si la niebla es real o no, él va a cobrar su recompensa. Tan sólo le
darán la mitad del dinero, le dicen. Business is business, contesta.Un
continente había sido desmembrado muchos años antes de que la peste del olvido
azotara Macondo. Entonces se oyó decir que América es ingobernable[5]. Se
repartió el botín: nos prometieron la tierra de la universidad, pero nos han
dejado tan solo el cuartel y el
convento. I took Panama, destino manifiesto. Recibí
un país y ahora les entrego dos[6]. Cinísmo puro. Hasta el mar se ha ido a la tierra de los
lagos y los volcanes. Aunque las
fronteras de la tierra no existen más que como invención humana, hay en sus
límites una configuración de nuestras realidades. Nuestra realidad, así como
nuestra historia y nuestra geografía, es el relato de un continuo cercenamiento.
La poesía dará cuenta de ello.
2.La
risa del cuervo. Estructura y argumento.
Álvaro Miranda nació en Santa Marta en 1945 y
a la fecha ha publicado varias obras de poesía, novelas históricas e
investigaciones sobre el arte y la literatura colombiana. Dentro de sus obras la
novela La risa del cuervo (1984) ocupa un lugar especial en lo que se ha
denominado “la nueva novela histórica”. Dividida en diecinueve fragmentos, que
por razones prácticas llamaremos de aquí en adelante capítulos, aunque no
pertenezcan a lo que tradicionalmente conocemos con esta palabra, La risa del cuervo corresponde con dos
acontecimientos históricos: el comienzo del viaje de Alejandro von Humboldt por
Suramérica y algunos episodios de la independencia de las colonias americanas
de España. A medida que se avanza en el texto cuatro historias van apareciendo sin
un orden establecido. La primera de ellas es la historia del general José Félix
Ribas, quien corresponde en la historiografía con un militar venezolano prócer
de la independencia que fue capturado y desmembrado por los ejércitos realistas.
En la novela el relato inicia con este personaje quien tras haber sido decapitando
aparece deambulando, con la cabeza bajo su brazo, por un pastizal de los llanos
de lo que hoy conocemos como Venezuela. De allí en adelante, en nueve de los
diecinueve capítulos que tiene la novela (1, 3, 4, 7, 10, 11, 13, 16 y 18) se
narra las particulares circunstancias en la que se ve envuelta la cabeza de
Ribas al ser víctima de vejaciones, bien por parte de la naturaleza o por parte
de los ejércitos españoles. Estos últimos suelen ser los más crueles pues
incluyen dentro de su proceder el prepararla en aceite para que Bolívar la coma,
el depositarla en la punta de una lanza durante días y exponerla en una plaza
pública para escarnio de los independentistas. La cabeza de Ribas nunca dejará
de desear la muerte que no quiere llegar y su cuerpo, que desde el primer capítulo
toma otro rumbo, es devorado en parte por jaurías de animales hambrientos.
La segunda historia es la de Alexander
von Humboldt, quien aparece en
siete de los diecinueve capítulos (2, 5, 6, 8, 11, 12 y 15). En la novela,
Humboldt es presentado como un naturalista obsesionado con su trabajo y
torturado por una nube de mosquitos que insisten en hacer de su piel “una
mazorca”. Un día cualquiera recibe de un jinete misterioso un regalo: un cuervo,
el cuervo de Edgar Allan Poe. Después de mostrarse entre receloso y amigable el
cuervo huye de la casa y el barón sale en su búsqueda. Es en este momento en se
encontrará nuevamente con el jinete misterioso que resulta ser el agente David
Curtis DeForest, otro de los personajes de esta novela quien en este segundo
encuentro le hace entrega de un misterioso libro escrito por el mismo Edgar
Allan Poe y que contiene parte de la historia de América, incluyendo al propio
Humboldt como uno de los personajes y con relatos de hechos históricos de
tiempos pasados y posteriores a la vida del naturalista.
La tercera historia
es la de Manuela Sáenz, quien aparece en cuatro de los diecinueve capítulos (6,
9, 12, y 17). En el relato Manuela, al igual que el general Ribas, está muerta,
pero ella yace bajo tierra junto con otros cuerpos inertes. A pesar de su
estado de descomposición, cada vez más intenso, la patriota recuerda y tiene sentimientos que
incluyen la memoria de sus amantes, los deseos lujuriosos y las manifestaciones
de maternidad como la que tiene lugar con un grupo de cangrejos que llegan a
desovar en su osamenta.
Finalmente el
cuarto relato es el de David Curtis DeForest, agente secreto quien habiéndose
retirado después de varios años de labores, se dedica a la cría de cuervos en
un pequeño pueblo. Tras el crecimiento abrupto de la cantidad de aves y ante la
protesta del pueblo y el abandono de su familia, DeForest se queda conviviendo
con ellos hasta ser “un cuervo más”. Es precisamente DeForest, como ya se ha
mencionado, quien le regala un cuervo a Humboldt y le hace entrega del misterioso libro forrado
en piel de carnero. Los capítulos donde aparece DeForest son cuatro (6, 9, 12 y 17) y todo indica (especialmente
el que sea agente secreto de origen argentino) que se halla en un tiempo y
espacio distante al de los demás personajes.
La narración de la
novela, desarrollada en tercera persona con breves intervenciones en primera
persona, da cierta veracidad a las situaciones, por más absurdas que parezcan.
En ella los personajes nunca se muestran sorprendidos por los diálogos de la
cabeza parlante, ni por los saltos temporales de los personajes. Por el
contrario, recordando la serena indiferencia con que la familia Samsa asume la
extraña condición de Gregorio, los hechos que se presentan desde el primer
momento en que aparece Ribas portando su cabeza bajo el brazo son asumidos con
la naturalidad de lo cotidiano. En palabras un escritor y crítico colombiano: “es
como si Miranda hubiese aprendido, además, la lección del expresionismo alemán,
que obliga, desde la primera frase de la Metamorfosis
(1915)de Franz Kafka, a aceptar
que un hombre se ha despertado una mañana cualquiera convertido en un insecto” (Montoya,
p. 101). En la novela todo lo extraño es
cotidiano, verosímil y posible.
Para complementar
este breve comentario por los aspectos estructurales de la novela, es de
resaltar que hasta la fecha la obra ha tenido tres ediciones. La primera con
Thomas de Quincey Editores (1992), la segunda con la Editorial Norma (2000) y la
tercera con El faro del tiempo (2006). Además la crítica, en general, la ha acogido
en buenos términos, como lo prueba el comentario que Montoya (p. 95) ha hecho
en su ensayo sobre la novela histórica en Colombia: “de las novelas históricas
publicadas en Colombia, La risa del
Cuervo (1992), de Álvaro Miranda, es la más inquietante. Su razón de ser está
penetrada de pura invención, de loca y vertiginosa ficción”.
3.El
cercenamiento como metáfora. La risa del cuervo y su ¡nunca más!
Ahora bien, el
resultado de esta novela no deja de ser “inquietante” como lo menciona el
crítico Pablo Montoya. Precisamente hoy
en día, donde grupos al margen de la ley e incluso aquellos que son una
extensión “invisible” del estado tienen como una de sus prácticas predilectas
fomentar el miedo y la violencia contra seres y poblaciones enteras a través de
las mutilaciones bien sea desde minas “quiebrapatas” hasta cercenamientos
hechos con motosierras u otros instrumentos, este relato parece estar hablándonos
de algo que nos pertenece.
En primer lugar la
muerte tanto del general Ribas como de Manuelita no quiere llegar. Los suyos
son cuerpos que propenden por la descomposición natural de todo cuerpo que ha
dejado sus funciones vitales, pero en ellos pervive la conciencia de la
existencia, los recuerdos de antiguos amores, las pasiones que los impulsaron y
los sueños y anhelos que los anidan (de todos ellos, tal vez el más presente,
sea el de la muerte) Esta podría ser una metáfora de aquellas víctimas de estos
medios de tortura mencionados, cuyas vidas no encuentran la muerte pues ni
siquiera hay prueba de su deseso. En Colombia
se han encontrado más de tres mil cadáveres en más de dos mil fosas
comunes. Muchos de estos cuerpos no ha posible reconocerlos y casi que cada
familia colombiana tiene alguna historia que contar sobre desaparecidos que
hacían parte de su círculo familiar o de amigos cercanos a la familia.
En segundo lugar,
como bien lo ha observado Pablo Montoya en su libro ya mencionado, muchas de
las “novelas históricas” que incluyen personajes que han contribuido a la
construcción del país tal como lo conocemos hoy, desde próceres de la conquista
o de la independencia, sugieren figuras incólumes, llenas de gracia y valentía,
o humanidades prosternadas ante una labor titánica que supieron hacer embates a
muchas batallas y permanecer con un aire de altivez propios de una raza (¿de un
género?) o de su carácter. Miranda propone en su libro una mirada
desacralizadora de nuestra historia. La
risa del cuerpo parece hacer de la literatura un ejercicio para repensar la
historia y sus personajes, así como para humanizar aquellas figuras que hacen
parte de pedestales de nuestra historia nacional. Dialogar con ellas, hacer de
estas unos personajes esperpénticos como la historia misma lo es, es un ejercicio
de salud literaria, histórica y social. Miranda lo tiene claro y así lo deja
plasmado en esta obra, La risa del cuervo,
que nos recuerda a través de sus páginas, el famoso (¿y necesario?) graznido
del cuervo de Allan Poe: ¡nunca más!
Ricardo Contreras.
[1] Se estima que
millones de indígenas murieron con la llegada de los españoles a América.
Muchos pueblos, sus con sus respectivas lenguas y culturas se han perdido.
[2] En el
municipio de El Salado, en el año 1999 fueron asesinadas 66 personas, entre
hombres mujeres y niños. Los verdugos jugaban al fútbol con la cabeza de sus
víctimas.
[3] En el año 2000
a Elvia Cortez, una campesina colombiana, se le instala un collar bomba en su
cuello y se le exige un dinero para ser desactivado. El collar denotó.
[4] En el 2008 un guerrillero asesinó al cabecilla de las Farc 'Iván
Ríos', y llevó su mano como prueba para reclamar una recompensa ofrecida por el
gobierno nacional.
[5] Palabras de Simón Bolívar “La América es
ingobernable; los que han servido a la revolución han arado en el mar. La única
cosa que se puede hacer en América es emigrar. Estos países caerán
infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a las de
tiranuelos imperceptibles, de todos colores y razas, devorados por todos los
crímenes y extinguidos por la ferocidad. Si fuera posible que una parte del
mundo volviera al caos primitivo, ese sería el último período de la América.”
[6]Cuando el presidente colombiano,
José María Marroquín, al fin hizo frente a los improperios recibidos por
dejarse arrebatar tan mansamente Panamá, lo único que se le ocurrió decir fue:
“De qué se quejan los colombianos, si recibí un país y ahora les entrego dos”
El 28 de julio de 2011, es decir, hace exactamente dos años, después de una lucha contra el cáncer que lo habitaba, murió el escritor Carlos Perozzo. De su vida sabemos que nace en Cúcuta en 1939. Al finalizar su formación básica viajó a Caracas a estudiar Derecho. Pronto abandona esta ciudad y regresa a Colombia, esta vez a Bogotá, donde estudió Arquitectura en la Universidad Nacional. En esos años surge su interés por el teatro y las letras. Más adelante viajó a Europa donde permaneció alrededor de catorce años y allí publica su primera novela, Hasta el sol de los venados (1976). A esta novela le seguirían otras tres: Juegos dementes (1981), El resto es silencio (1993; publicada también en Venezuela, Cuba y España) y La O de aserrín (2004). También cuenta dentro de su producción con los libros de cuentos: Otro cuento (1983) y Ahí te dejo estas flores (1985). En teatro publicó Atreverse a luchar, atreverse a vencer (1973: Mención en el Premio Casa de las Américas) y La cueva del infiernillo (1980: Premio Teatro Nacional Icasa).
Para Carlos Perozzo su tercera novela, El resto es silencio (1993) era su obra novelística más lograda. Bajo este título evidentemente shakesperiano se esconde la historia de Jorge Eliecer Altuve Plata, maestro de literatura de un colegio de la provincia de Puerto La Antigua. Altuve vive allí la militarización de la ciudad y la consecuente violentación de sus ciudadanos en medio del disturbio partidista causado por el asesinato de Gaitán. Con este ajetreo político de fondo Altuve se enamora, es engañado y se deja llevar por los celos hasta ser inculpado de un crimen que jamás cometió. Por ello pasará sus próximos veinte años en una cárcel de Bogotá, en medio de un abandono absoluto que acrecienta un desprecio por la vida y un dejarse abrazar de lo más bajo y criminal que pervive en el hombre.
Una vez sale de la cárcel Altuve se ve obligado a ser un habitante más de la calle. Allí será víctima de todos los ultrajes posibles. De acudir constantemente a las drogas y beber licor adulterado queda ciego y esta condición le permite ser explotado por un hombre que le obliga a plantarse a los pies de una iglesia para mendigar algunas monedas que posteriormente debe dar al explotador. “El Ráfaga siempre lo sentaba en el mismo sitio y le traía una totuma llena de aguardiente que destilaba un aroma picante y se metía por la nariz con insolencia. Altuve chupaba todo el licor que podía, siempre con varias expectativas: 1) Recuperar la vista. 2) Morir. 3) Dormir. 4) Alcanzar las órbitas que le proporcionaban la marihuana o el basuko (sic)”.
Carlos Perozzo
Estando en esta situación, Altuve, quien en un inicio se aferraba a cierta fe católica, va perdiendo paulatinamente esta fe en la medida en que se acrecienta en su interior un monstruo que está a punto de estallar: “Ahora estás solo. Sin la protección de Lucifer, bien podía venir el dueño y echarte como a un perro. No te importaría. Desde que te traten como a un perro, no te importaría. […] Puesto que la historia universal no es sino lo que sucede a cincuenta metros a la redonda de cada uno. En ese espacio se producen suficientes heridas y pasiones como para colmar un vaso, aunque se trate del corazón más agrio.”
Pasado algún tiempo la ceguera de Altuve se hace intermitente y entre los momentos de lucidez visual él resuelve de una vez por todas ser un asesino. Allí inicia su periplo por lo más visceral y crudo de su existencia, pero también nace un Altuve nuevo, decididamente resuelto, empoderado y misterioso que puede generar miedo en cualquiera que se decida a detenerse y observarlo por algún momento. La ascendente carrera de asesino de Altuve se ve preñada de buenas cantidades de dinero, mujeres hermosas y un espíritu poseso de la impiedad y el deterioro.
La vida de Altuve dará un giro cuando descubre que fue víctima de una trampa tendida por su ex novia y su amante, el alcalde de su pueblo. Una vez enterado es instigado por el escritor de la novela a que vaya y asesine al alcalde, pues según éste, ya lleva muchos capítulos escritos y nadie se interesa por leer novelas tan grandes. Allí inicia su viaje de regreso a Puerto la Antigua. Al preguntar por este pueblo nadie da cuenta de su existencia. Todo parece indicar que se trata de un pueblo fantasma, recordando la Comala de Rulfo. Finalmente da con el lugar donde se encuentra el ex alcalde y su ex novia y da cumplimiento a su misión.
En Perozzo hace falta hacer hincapié en su insistencia en la denuncia y en el humor negro, su regodeo con el lenguaje que raya en lo filosófico y lo poético, su carácter experimental y transgresor y su escritura de largo aliento (El resto es silencio supera las 460 páginas). En una literatura tímida y timorata como es la colombiana, acostumbrada a las concesiones y ensombrecida por la magnánima figura de Gabriel García Márquez, las obras de un escritor como Carlos Perozzo resultan fundamentales para ver y entender la auténtica riqueza literaria alejada de los estigmas de la literatura narco sicariesca y las trampas del mercadeo editorial que insisten en hacer creer que nuestra literatura es el párvulo gesto de un niño bajo la sombra de cien años de oquedad.
Ricardo Contreras
“Tener que vivir en un mundo donde el crimen no cesaba su afán de ser necesario… [L]a realidad, pensaba, hija bastarda de la naturaleza, creaba para tener el gozo de ver morir cosas como futuro, ilusión y un mundo mejor o para trastocarlas y entregar a cambio lo siniestro y lo grotesco en estado puro. Y así era como cualquier rincón del mundo, no era más que el reino de los que cavan sepulturas y de los que erigen patíbulos y no son juzgados ni como asesinos ni como verdugos, sino como triunfadores exitosos pasando por encima del cadáver del prójimo. Y nada más.”