jueves, 17 de octubre de 2013

.::NOCTURNO BOGOTANO::.

A propósito de un par días que pasé en la capital colombiana, la misma que Carlos Perozzo llamara la "Apenas suramericana", en clara burla al calificativo que Marcelino Menéndez Pelayo hiciera sobre esta ciudad llamándola la "Atenas suramericana", reproduzco este texto donde el escritor cucuteño reflexiona sobre Bogotá y la noche. Espero lo disfruten: 


 NOCTURNO BOGOTANO

El amor y la soledad que esta ciudad nuestra ofrece a través de sus intrincadas noches, resumen la vastedad desolada que los habitantes de esta meseta aprendieron a habitar junto a los secretos tomentosos de sus mudos testimonios, reflejados en el breve carácter de sus gestos.

Por la noche suceden una multitud de cosas, sobre las que los espíritus robustos duermen y no saben. La alquimia romántica comienza a hablarle a los hombres cuando las sombras que proceden a la noche se alargan sobre las calles, cuando los menguados jardines del día se llenan de misterio, cuando los nichos de la música secreta que generan los grillos adquiere la dimensión de una parábola sonora.  

De pronto la oscuridad. La arremetida de la noche se abre paso entre el rumor del ancestral miedo y la desdicha callejera. Como la pesadilla de aquellos que nos precedieron, cuando la oscuridad se acercaba, hasta que por fin hallaron un nombre para poder domesticarla: y la llamaron noche. Después la estimaron, la amaron, la violaron en las encrucijadas con luz de luna.

Así como entonces, ahora cuando se detiene el resplandor que tanto amaron los cartesianos, cuando brota la noche como un animal acostumbrado a esa metamorfosis, empieza la sinfonía coral, el embrujo soberano de las magnitudes siderales entre la ciudad y la noche. Ninguna ciudad es del todo completa y real, hasta que no erija su contraparte nocturna, hasta que no se revele en la magnitud solitaria que ofrece la boca del lobo. Bogotá no es la excepción.

“Noche de ronda, cómo me hiere”, dice aquella voz colgada de un cigarrillo y acompañada de un trepidar de teclas de piano en la penumbra de un bar solitario. Su nombre Lara. Su apellido Agustín.

¿Qué sabe esta ciudad de la noche? ¿Qué, la noche de la ciudad? Toda la fantasmagoría nocturna de las ciudades tiende a confundirse del mismo modo en que desaparece el contraste de la luz y de la sombra. Por eso, el imaginario social que se despliega en los íntimos espacios sentimentales de las noches urbanas, tiene en la melancolía ese resultado en cuya epidermis late un profundo abatimiento, acaso del alma, dentro de las circunstancias interiores que le son propicias, una vertiente restauradora del sentimiento. El bolero y el tango, sus eternos camaradas, por ejemplo, representan a la vez dos instancias musicales que descubren los secretos tormentosos de una nocturnidad ceñida a la melancolía. Ambos géneros son producto de la alquimia de la nocturnidad de la ciudad, una curiosa dialéctica que enlaza, como vasos comunicantes, aspectos constitutivos del saber y el padecer urbanos.

Cuando la ciudad arroja los últimos vestigios del día y se entrega como una amante furtiva y desesperada a la noche, comienza un vínculo imposible de separar. El mejor ciudadano es el peor de los noctámbulos. El ciudadano de la noche nunca va solo. Va acompañado de su sombra aterciopelada, la que ilumina la triunfal aparición de la demiurgia inconsciente, hasta alcanzar un estado de plenitud y un éxtasis incontrolable que desborda los sentidos.

Si la ciudad diurna es una prefiguración del infierno por lo que ésta tiene de violencia, la ciudad noche es una metáfora encendida, una versión alucinante de los reflejos del fuego, una especie de fondo movible que arde en el sexo de aquellos seres consumidos por el humo de las hogueras, que celebran el amor y el pecado, y se sumergen en las aguas provenientes del Leteo, para consagrarse a la bacanal que propicia el olvido de la muerte.

Caminar hacia la noche de la ciudad es penetrar el paisaje de un carnaval sin decretos, acudir a una cita que no tiene retorno, dejarse tragar por las indomables imágenes del delirio. Ese universo que en ocasiones se torna inmaterial, intangible, donde las apariencias esconden la irrealidad que vive tras el extraño vínculo del aire y de la angustia, camina sobre el inexorable paso del tiempo, bajo el paraguas de la lluvia de las sombras venidas de las selvas del onírico Orinoco, donde se extiende un cielo que se derrama sobre las altas copas de las cantinas y los bares donde se juega la última instancia de un comercio ilícito con las reverberaciones del ensueño. Por esas sombras de la ciudad perdida, ella misma se  busca a través del movimiento descendente que siguen a un tiempo la intuición del artista y las potencias biológicas de la vegetación.

Si la ciudad de día es una recurrente metáfora del infierno, la ciudad de la noche es unánime, como la llama el infatigable Borges, resume la vastedad desolada de los hombres y mujeres que aprendieron  a vivir en los intersticios fugaces que deparan los cataclismos de lo nocturno.

Esta ciudad nuestra, la ciudad de este lado de la cresta del sol, tuvo en los momentos esplendorosos de su fundación urbana, un singular vínculo con la noche y un contrato a perpetuidad. La noción de nocturnidad alcanzó durante mucho tiempo una relevante cualidad, las transformaciones urbanas y arquitectónicas y los desplazamientos visuales que con tanta rapidez se produjeron, crearon las bases de una sentimentalidad  que tenía su inmediata correlación con el espíritu de renovación urbanística; vale decir, el amor, la fiesta, las orgías de la confusión, el carnaval romántico; y fundaron el lado erótico de la dama oscura, instalándose  para siempre en un lugar secreto que la ciudad arrulla y la memoria ama en silencio.


Carlos Perozzo
Tomado de Palabra capital: Bogotá develada
Ed. Random House Mondadori. (2007)