Escribí este texto hace dos años, cuando conocí por primera vez el Museo Escolar de la Memoria de la Institución Educativa Eduardo Santos de la comuna 13 de Medellín. Lo publico ahora que se cumplen 19 años de aquella fecha fatídica.

Suspendido en el aire, pende de
un extremo y a un tercio de la extensión entre el techo y el suelo se enrosca
sobre sí mismo hasta hacer un nudo. Su forma simula la de una horca. El resto
de su cuerpo baja insinuando una leve curva que cae sobre un pequeño árbol seco
que está sobre un cajón blanco, rectangular, de madera. El lazo envuelve en un
par de giros a un pequeño arbusto sin vida y continúa su descenso en espiral
por el cajón que, a sus pies, lo ve asentarse apaciblemente. Visto con detenimiento,
el lazo imita el modo en que ciertas serpientes matan a sus víctimas: las
envuelven hasta quitarles el oxígeno; las oprimen hasta que dejan de respirar.
A cada lado, en cartón, se ve aparecer unas figuras humanas. No es posible
saber si se trata de hombres o de mujeres. Una pañoleta les atraviesa
horizontalmente el rostro. Las figuras son negras, irreconocibles. En su centro
hay un documento adherido a ellas que cuenta su historia, o la de alguien más,
o la de todos. No se sabe con certeza, pues no es posible distinguir una figura
de otra. Junto al Lazo que cae sobre el árbol seco, justo en el centro,
tímidamente, y también sobre un cajón blanco del mismo tamaño que el que he
mencionado, dos veladoras hacen el contraste con el siniestro paisaje. Una de
ellas, la más pequeña, se encuentra apagada. La otra, alta, esgrime una llama
pequeña que no se sabe muy bien si apenas está empezando a arder o está a punto
de apagarse. En este cajón que sostiene las velas se puede leer: “EL LAZO DE LA
INFAMIA. Instrumento de los paramilitares de las ACCU asentados en el sector
Guadarrama en el año 2002 y abandonado con otros objetos de guerra”. Después
continúa el testimonio anónimo de uno de los habitantes de este sector:
“Amarrados en los extremos y agarrados del lazo en el centro, los verdugos
conducían a varias víctimas al tiempo, en fila, rumbo a La Escombrera. Cuando
regresaban, los malos, ya traían el lazo en las manos, enrolladito”.

Este es uno de los objetos que se
ha transformado en testimonio de la barbarie y la sevicia en el Museo Escolar
de la Memoria de la Comuna 13, un proyecto que nació la Institución Educativa
Eduardo Santos, bajo la tutela de su rector, Manuel López Ramírez. Este año
tuvo su segunda versión y en ella uno de los objetos que más llamaba la atención
de visitantes locales y extranjeros fue el lazo de la infamia. Sin embargo, son
varios los testimonios, fotografías, documentos, objetos y audios que se han
podido recopilar y que dan cuenta del terror vivido durante esas fechas. Estos
eventos tuvieron lugar en la comuna 13 durante el año 2002 y que tiene como
epílogo la operación Orión acaecida durante el 16 y 17 de octubre del mismo
año. Este año se conmemoraron 17 años desde que acontecieron aquellos fatídicos
eventos. Ante el silencio general de la prensa y de los medios, ante la
indiferencia de los políticos que prefieren seguir mirando para otro lado, que
un colegio se proponga mantener viva la memoria histórica, dando espacio y voz
a aquellos que todavía no han sido resarcidos por los daños, – recordemos que
la Corte Interamericana condenó en el año 2017 a la Nación por excesos en la
Operación Orión- llena de optimismo y de
fe el camino que se puede trazar desde los colegios a la consecución de unos
ambientes propicios para la paz y la reconciliación.
Soy maestro, siempre he creído en
la educación, en su poder transformador, en su embrujo seductor, en la
democratización que supone el acceso a ella y su puesta en práctica. Sin embargo,
no hay día en que mi convicción no vacile, cuando veo tanto intelectual
atrincherado con los poderosos en contra del pueblo; cuando veo que los
políticos se compran títulos universitarios que a otros les cuesta cielo y
tierra por conseguir; cuando observo que algunos otros tienen sus tesis
plagiadas de otros autores y siguen en sus puestos como si nada; cuando veo
rectores universitarios implicados en la muerte de maestros; cuando veo empresas
que se hacen ricas a costas de empobrecer los refrigerios que van para los
estudiantes escolares; cuando un estudiante me dice: profe, yo para que voy a
estudiar si trabajo no hay… cuando me
pasan esas cosas dudo. En esos momentos, me siento como el malabarista cuya
cuerda se hace más inestable, tambaleo y la sensación es de mareo. Ser
colombiano es un acto de fe, dijo Borges. Ser maestro también lo es, y proyectos
como este me dan esperanza, alientan mi emoción por lo que vendrá, como el
malabarista que atraviesa el lazo sin problemas, cuando el lazo sirve al arte,
cuando el lazo sirve para superar el miedo y desatar el amor.