A propósito de un par días que pasé en la capital colombiana, la misma que Carlos Perozzo llamara la "Apenas suramericana", en clara burla al calificativo que Marcelino Menéndez Pelayo hiciera sobre esta ciudad llamándola la "Atenas suramericana", reproduzco este texto donde el escritor cucuteño reflexiona sobre Bogotá y la noche. Espero lo disfruten:
NOCTURNO BOGOTANO
El amor y la soledad que esta ciudad nuestra
ofrece a través de sus intrincadas noches, resumen la vastedad desolada que los
habitantes de esta meseta aprendieron a habitar junto a los secretos tomentosos
de sus mudos testimonios, reflejados en el breve carácter de sus gestos.
Por la noche suceden una multitud de cosas,
sobre las que los espíritus robustos duermen y no saben. La alquimia romántica
comienza a hablarle a los hombres cuando las sombras que proceden a la noche se
alargan sobre las calles, cuando los menguados jardines del día se llenan de
misterio, cuando los nichos de la música secreta que generan los grillos
adquiere la dimensión de una parábola sonora.
De pronto la oscuridad. La arremetida de la
noche se abre paso entre el rumor del ancestral miedo y la desdicha callejera.
Como la pesadilla de aquellos que nos precedieron, cuando la oscuridad se
acercaba, hasta que por fin hallaron un nombre para poder domesticarla: y la
llamaron noche. Después la estimaron, la amaron, la violaron en las
encrucijadas con luz de luna.
Así como entonces, ahora cuando se detiene el
resplandor que tanto amaron los cartesianos, cuando brota la noche como un
animal acostumbrado a esa metamorfosis, empieza la sinfonía coral, el embrujo
soberano de las magnitudes siderales entre la ciudad y la noche. Ninguna ciudad
es del todo completa y real, hasta que no erija su contraparte nocturna, hasta
que no se revele en la magnitud solitaria que ofrece la boca del lobo. Bogotá
no es la excepción.
“Noche de ronda, cómo me hiere”, dice aquella
voz colgada de un cigarrillo y acompañada de un trepidar de teclas de piano en
la penumbra de un bar solitario. Su nombre Lara. Su apellido Agustín.
¿Qué sabe esta ciudad de la noche? ¿Qué, la
noche de la ciudad? Toda la fantasmagoría nocturna de las ciudades tiende a
confundirse del mismo modo en que desaparece el contraste de la luz y de la
sombra. Por eso, el imaginario social que se despliega en los íntimos espacios
sentimentales de las noches urbanas, tiene en la melancolía ese resultado en
cuya epidermis late un profundo abatimiento, acaso del alma, dentro de las
circunstancias interiores que le son propicias, una vertiente restauradora del
sentimiento. El bolero y el tango, sus eternos camaradas, por ejemplo,
representan a la vez dos instancias musicales que descubren los secretos
tormentosos de una nocturnidad ceñida a la melancolía. Ambos géneros son
producto de la alquimia de la nocturnidad de la ciudad, una curiosa dialéctica
que enlaza, como vasos comunicantes, aspectos constitutivos del saber y el
padecer urbanos.
Cuando la ciudad arroja los últimos vestigios
del día y se entrega como una amante furtiva y desesperada a la noche, comienza
un vínculo imposible de separar. El mejor ciudadano es el peor de los
noctámbulos. El ciudadano de la noche nunca va solo. Va acompañado de su sombra
aterciopelada, la que ilumina la triunfal aparición de la demiurgia
inconsciente, hasta alcanzar un estado de plenitud y un éxtasis incontrolable
que desborda los sentidos.
Si la ciudad diurna es una prefiguración del
infierno por lo que ésta tiene de violencia, la ciudad noche es una metáfora
encendida, una versión alucinante de los reflejos del fuego, una especie de
fondo movible que arde en el sexo de aquellos seres consumidos por el humo de
las hogueras, que celebran el amor y el pecado, y se sumergen en las aguas
provenientes del Leteo, para consagrarse a la bacanal que propicia el olvido de
la muerte.
Caminar hacia la noche de la ciudad es
penetrar el paisaje de un carnaval sin decretos, acudir a una cita que no tiene
retorno, dejarse tragar por las indomables imágenes del delirio. Ese universo
que en ocasiones se torna inmaterial, intangible, donde las apariencias
esconden la irrealidad que vive tras el extraño vínculo del aire y de la
angustia, camina sobre el inexorable paso del tiempo, bajo el paraguas de la
lluvia de las sombras venidas de las selvas del onírico Orinoco, donde se
extiende un cielo que se derrama sobre las altas copas de las cantinas y los
bares donde se juega la última instancia de un comercio ilícito con las
reverberaciones del ensueño. Por esas sombras de la ciudad perdida, ella misma
se busca a través del movimiento
descendente que siguen a un tiempo la intuición del artista y las potencias
biológicas de la vegetación.
Si la ciudad de día es una recurrente
metáfora del infierno, la ciudad de la noche es unánime, como la llama el infatigable
Borges, resume la vastedad desolada de los hombres y mujeres que
aprendieron a vivir en los intersticios
fugaces que deparan los cataclismos de lo nocturno.
Esta ciudad nuestra, la ciudad de este lado
de la cresta del sol, tuvo en los momentos esplendorosos de su fundación
urbana, un singular vínculo con la noche y un contrato a perpetuidad. La noción
de nocturnidad alcanzó durante mucho tiempo una relevante cualidad, las
transformaciones urbanas y arquitectónicas y los desplazamientos visuales que
con tanta rapidez se produjeron, crearon las bases de una sentimentalidad que tenía su inmediata correlación con el espíritu
de renovación urbanística; vale decir, el amor, la fiesta, las orgías de la
confusión, el carnaval romántico; y fundaron el lado erótico de la dama oscura,
instalándose para siempre en un lugar
secreto que la ciudad arrulla y la memoria ama en silencio.
Carlos
Perozzo
Tomado
de Palabra capital: Bogotá develada
Ed.
Random House Mondadori. (2007)
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