En varias ocasiones he oído a
diferentes escritores el argumento de que escribir, en definitiva, hace el
mundo más habitable. Sin entrar en mayores discusiones sobre lo clisé que puede
resultar la frase, deseo explorar el sentido de lo que es “habitable” al
escribir. Para ello iniciaré resaltando lo que parece ser es el envés del
asunto, es decir, lo que se afirma
tácitamente: si escribir hace el mundo más habitable es porque el mundo es, en
definitiva, al menos en cierta parte, inhabitable.
Pero ¿qué es habitar?, ¿cuándo un
lugar se hace habitable o inhabitable?, ¿mediante qué mecanismos despojamos de
la habitabilidad a un espacio?, ¿cómo contribuye la escritura en la
configuración de habitabilidad? La definición que encontramos de habitar en el
DRAE se limita a decir que se trata de
“vivir, morar”. Este concepto, incompleto por demás, podría aplicarse lo mismo a la vida animal que a la vegetal sin que parezca hacer distingos entre la una y la otra. Sin embargo, está
claro que en el ser humano la habitabilidad, al ser también una construcción
cultural, es un concepto mucho más complejo que lo que nos ofrece el caduco
DRAE. Resultado de esta complejidad es todo el arte de habitar construcciones
hechas con determinados propósitos que llamamos arquitectura.
Es precisamente dentro de la
arquitectura donde podemos encontrar las mejores definiciones de lo que es el
habitar. Heidegger, al analizar desde la filosofía a la arquitectura, plantea
la necesidad de definir la habitabilidad con las mismas aristas con que miramos
nuestra relación con el lenguaje o con el arte, es decir, habitar es
necesariamente una complicada construcción cultural que implica una forma de
relacionarse con el espacio. Esta relación es de carácter no material, en otras palabras, es una relación que podríamos denominar espiritual.
Ahora bien, si volvemos a la
frase inicial y la leemos bajo esta perspectiva podemos concluir que escribir hace el mundo más habitable porque
nos otorga nuevas relaciones espirituales con el espacio. Estas nuevas
relaciones pueden ser de dos tipos a saber. Por un lado puede otorgarnos nuevas
formas de relacionarnos con el espacio que ya habitamos, en este caso lo que se
produce al escribir es una reinvención del espacio, una mirada nueva sobre lo
que ya existía y con lo cual ya nos relacionábamos. En este sentido la realidad
material no cambia, cambian las relaciones que establecemos con esa realidad o
los lentes con los cuales la miramos.
Por otro lado, la acepción
posible en ese habitar es la de extender un manto para transitar por nuevos
terrenos que no son físicos. Escribir es entonces un acto de ensanchamiento del
espíritu: el ejercicio de preparar los inmuebles espirituales para recibir una
visita, así esta visita sea la nuestra: presenciamos el acto de transitar para reconocernos.
Escribir es entonces tránsito y reconocimiento. Ampliar la casa interior
dotándola de un cuarto nuevo o, recordando
palabras de San Juan de la Cruz, entrar “más adentro en la espesura”, escribir
es ir más adentro de nosotros mismos para despejar la espesura que somos, es
acostumbrar los ojos venidos de una engañosa luz a las tinieblas, como quien
pasa repentinamente de la luz del sol a la oscuridad, se necesita anidar un
instante lo oscuro, casi abrazarlo con la mirada, para que poco a poco empiecen
a insinuarse las siluetas de lo que antes estaba oculto.
Es entonces esta la motivación
que me lleva hoy a abrir este blog: escribir. El ejercicio que me planteo de
aquí en adelante es compartir con cada uno de ustedes las reflexiones e
inquietudes que me surgen de ciertas lecturas y realidades para establecer un
diálogo juntos. Abrazaré por unos instantes la oscuridad de lo que somos para
encontrar en medio de la espesura las siluetas de lo que se insinúa dentro. Así
mismo acomodaré las inmuebles interiores para dar la bienvenida a otros
escritores, otras escrituras y otras lecturas con la esperanza de ir por
ciertos tramos acompañado. Basta concluir que necesariamente este espacio
estético tiene como base una posición ética. Actualmente en nuestro país hay un
silencio forzado que poco se parece al silencio. Para Jorge Cadavid “… el
silencio no es la ausencia de sonido. Para un músico como Anton Webern, el uso
del silencio es esencial, es pausa, tiempo, espacio comunicativo.” Contra el
silencio que no se parece al silencio sino al grito insonoro que nos acompaña
en algunas pesadillas, contra la pereza intelectual y la banalización propuesta
desde los medios masivos de comunicación, contra un país que se ahoga en su
tragedia y seguramente junto a usted, les doy la bienvenida a mi viaje por la
espesura. Bienvenidos a mi blog.
Ricardo Contreras S
Nov. 2015.
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